A lo largo de la historia, hemos visto cómo las personas que tienen mucho poder a veces cambian. Personas que al principio eran inteligentes, humildes y comprometidas, terminan siendo autoritarias, arrogantes y desconectadas de la realidad. Lo que parecía liderazgo, se vuelve soberbia. A eso le llamamos el síndrome de Hubris.
Este no es un problema que esté en los libros de medicina, pero muchas personas creen que es algo importante en los líderes. La palabra “Hubris” viene del griego y significa un exceso de orgullo o confianza que hace que alguien ignore las reglas o las normas. En la antigua Grecia, los que caían en la hybris eran castigados por los dioses. Hoy en día, se usa para describir a quienes, después de tener mucho poder, empiezan a comportarse con arrogancia, egocentrismo y a veces de forma peligrosa.
Este problema no aparece en la niñez o en la adolescencia, sino que se desarrolla en adultos que llevan mucho tiempo en un puesto de poder y dejan de recibir críticas o opiniones que los hagan pensar. Es como una droga que te hace sentir que todo lo que haces está bien.
¿Cómo se nota?
El síndrome de Hubris no aparece de repente, sino que se desarrolla de forma gradual, casi imperceptible al principio. Algunas señales de alerta son:
- Sentirse superior a los demás y rechazar cualquier consejo o crítica, por constructiva que sea.
- Creer que solo su punto de vista es válido, incluso cuando los hechos demuestran lo contrario.
- No tolerar la contradicción, rodeándose de personas que lo adulen y apartando a quienes se atrevan a desafiarlo.
- Negarse a reconocer errores, culpando a otros o justificando decisiones equivocadas.
- Verse como imprescindible, con la idea de que sin su presencia todo se derrumbaría.
- Perder empatía hacia las necesidades o puntos de vista ajenos, priorizando siempre sus propias ideas y metas.
- Usar el poder como escudo para evitar rendir cuentas o asumir responsabilidades.
Estos comportamientos suelen crecer poco a poco, a veces tan despacio que la persona afectada no se da cuenta del cambio. Además, puede seguir siendo carismática, brillante y persuasiva, lo que complica que quienes la rodean identifiquen el problema a tiempo.
¿Quién puede tener esto?
El síndrome de Hubris no es exclusivo de presidentes, ministros o figuras políticas. Puede aparecer en cualquier persona que concentre poder o influencia durante un periodo prolongado. Un director de empresa que toma todas las decisiones sin consultar, un líder religioso con seguidores incondicionales, un rector universitario que gobierna sin oposición, o incluso una figura popular en redes sociales que recibe solo elogios y apoyo incondicional, todos son candidatos potenciales. Lo determinante no es el cargo en sí, sino la combinación de poder, tiempo y ausencia de contrapesos. Cuando no hay personas dispuestas —o capaces— de decir “te estás equivocando” o de poner límites, el terreno está abonado para que la autoconfianza se convierta en exceso y la perspectiva de la realidad se distorsione.

Ejemplos en la historia
A lo largo de la historia reciente, varios líderes han mostrado comportamientos que encajan con lo que se conoce como síndrome de Hubris, aunque nunca hayan recibido un diagnóstico clínico. La ex primera ministra británica Margaret Thatcher, por ejemplo, fue famosa por su creciente confianza absoluta en sus propias decisiones, lo que la llevó a ignorar advertencias y consejos, contribuyendo a su caída política. El expresidente estadounidense George W. Bush fue señalado por tomar decisiones clave —como la invasión de Irak en 2003— bajo una fuerte convicción personal, minimizando la importancia de las críticas y las dudas expresadas por expertos. Silvio Berlusconi, ex primer ministro italiano, es otro caso en el que la autopercepción de invulnerabilidad y el desprecio por las normas institucionales marcaron su mandato, derivando en escándalos y conflictos legales. Estos ejemplos ilustran cómo el poder prolongado, combinado con una autoconfianza excesiva, puede distorsionar la percepción y poner en riesgo tanto la carrera como el legado de un líder.
¿Por qué pasa esto?
Porque cuando alguien acumula mucho poder o autoridad, empieza a recibir menos críticas honestas y más halagos interesados. Las personas de su entorno, por miedo, conveniencia o ambición, filtran lo que dicen para evitar conflictos, lo que crea una especie de burbuja de autoafirmación. Dentro de esa burbuja, la persona comienza a creer que todo lo que hace o decide es correcto, reforzando una visión distorsionada de la realidad. A nivel neurológico, ejercer poder activa circuitos cerebrales asociados con el placer, la recompensa y el control, generando sensaciones similares a las de ciertas adicciones. Esto no solo alimenta la sensación de invulnerabilidad, sino que también impulsa a buscar más poder y a rechazar —o incluso castigar— cualquier crítica o señal que cuestione su autoridad.
¿Qué pasa si alguien lo desarrolla?
Cuando el síndrome de Hubris se instala, las consecuencias pueden ser significativas. Las decisiones empiezan a basarse más en el ego que en la evidencia, lo que incrementa el riesgo de errores graves. La comunicación con el entorno se vuelve unidireccional: la persona impone, pero no escucha, provocando que colaboradores valiosos se alejen o guarden silencio. A medida que crece esta desconexión, la confianza de los demás se erosiona. En situaciones extremas, la combinación de exceso de autoconfianza y aislamiento puede desembocar en crisis públicas, escándalos mediáticos, pérdida de cargos de responsabilidad e incluso daños permanentes a la reputación, difíciles o imposibles de reparar.
¿Se puede evitar?
Sí, hay formas de prevenirlo:
- Fomentar la humildad: reconocer que no se sabe todo y que siempre hay espacio para aprender.
- Rodearse de personas sinceras: contar con gente que diga la verdad, aunque incomode, y que ayude a mantener una visión realista.
- Limitar el tiempo en un cargo: evitar que alguien permanezca demasiado tiempo en una posición de poder para no vivir en una “burbuja” de adulación.
- Buscar apoyo profesional: recurrir a coaching, terapia o mentoría para detectar y corregir a tiempo comportamientos problemáticos.
En resumen
El síndrome de Hubris nos enseña que tener mucho poder puede ser peligroso si no se sabe manejar. Lo importante no es cuánto poder tenemos, sino mantener los pies en la tierra, ser humildes y seguir siendo humanos. Un buen líder es aquel que, aunque tenga mucho poder, no pierde la sencillez y la honestidad.

Si sientes que el poder, el éxito o la necesidad de control están afectando tu forma de relacionarte, podrías estar experimentando señales del síndrome de Hubris. Buscar la ayuda de un experto en psicología puede ser clave para identificar estos patrones y trabajar en una autopercepción más equilibrada. Un profesional puede ayudarte a desarrollar habilidades de autoconciencia, empatía y regulación emocional, promoviendo relaciones más saludables y un liderazgo más consciente.
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Mario Olea, psicólogo especializado en terapias de tercera generación por la Universidad de Almería y sexólogo por la Universidad de Sevilla. Experto homologado en la aplicación de realidad virtual en psicología clínica para utilizada para tratamiento de fobias.





