Síndrome de hubris: qué es, señales y ejemplos de cuando el poder cambia a una persona

El síndrome de Hubris
Tiempo de lectura: 6 minutos

A lo largo de la historia, hemos visto cómo las personas que tienen mucho poder a veces cambian. Personas que al principio eran inteligentes, humildes y comprometidas, terminan siendo autoritarias, arrogantes y desconectadas de la realidad. Lo que parecía liderazgo, se vuelve soberbia. A eso le llamamos el síndrome de Hubris.

No figura como diagnóstico en los manuales oficiales, pero tiene una base académica: en 2009, el médico y exministro británico David Owen y el psiquiatra Jonathan Davidson lo propusieron en la revista Brain como un posible trastorno de la personalidad adquirido, es decir, uno que no existe antes de llegar al poder y aparece después de ejercerlo durante tiempo. Para plantearlo revisaron a los presidentes de Estados Unidos y a los primeros ministros del Reino Unido de los últimos cien años. La palabra “Hubris” viene del griego y significa un exceso de orgullo o confianza que hace que alguien ignore las reglas o las normas. En la antigua Grecia, los que caían en la hybris eran castigados por los dioses. Hoy en día, se usa para describir a quienes, después de tener mucho poder, empiezan a comportarse con arrogancia, egocentrismo y a veces de forma peligrosa.

Este problema no aparece en la niñez o en la adolescencia, sino que se desarrolla en adultos que llevan mucho tiempo en un puesto de poder y dejan de recibir críticas o opiniones que los hagan pensar.

¿Cómo se nota?

El síndrome de Hubris no aparece de repente, sino que se desarrolla de forma gradual, casi imperceptible al principio. Algunas señales de alerta son:

  • Sentirse superior a los demás y rechazar cualquier consejo o crítica, por constructiva que sea.
  • Creer que solo su punto de vista es válido, incluso cuando los hechos demuestran lo contrario.
  • No tolerar la contradicción, rodeándose de personas que lo adulen y apartando a quienes se atrevan a desafiarlo.
  • Negarse a reconocer errores, culpando a otros o justificando decisiones equivocadas.
  • Verse como imprescindible, con la idea de que sin su presencia todo se derrumbaría.
  • Perder empatía hacia las necesidades o puntos de vista ajenos, priorizando siempre sus propias ideas y metas.
  • Usar el poder como escudo para evitar rendir cuentas o asumir responsabilidades.

Estos comportamientos suelen crecer poco a poco, a veces tan despacio que la persona afectada no se da cuenta del cambio. Además, puede seguir siendo carismática, brillante y persuasiva, lo que complica que quienes la rodean identifiquen el problema a tiempo.

¿Quién puede tener esto?

El síndrome de Hubris no es exclusivo de presidentes, ministros o figuras políticas. Puede aparecer en cualquier persona que concentre poder o influencia durante un periodo prolongado. Un director de empresa que toma todas las decisiones sin consultar, un líder religioso con seguidores incondicionales, un rector universitario que gobierna sin oposición, o incluso una figura popular en redes sociales que recibe solo elogios y apoyo incondicional, todos son candidatos potenciales. Lo determinante no es el cargo en sí, sino la combinación de poder, tiempo y ausencia de contrapesos. Cuando no hay personas dispuestas —o capaces— de decir “te estás equivocando” o de poner límites, el terreno está abonado para que la autoconfianza se convierta en exceso y la perspectiva de la realidad se distorsione.

Ejemplos del síndrome de hubris

La idea de que el poder desmedido nubla el juicio es muy antigua. Estos ejemplos ayudan a reconocer el patrón: los clásicos, tal como nos los cuenta la tradición, y situaciones actuales que son ilustrativas, no diagnósticos de nadie en concreto.

Ejemplos clásicos de hybris

  • Jerjes azotando el mar. Heródoto cuenta en sus Historias (libro VII) que, cuando una tormenta destruyó el puente de barcas que había mandado construir sobre el Helesponto, el rey persa ordenó dar latigazos al mar. Es el retrato clásico de quien, con poder absoluto, cree que hasta la naturaleza debe obedecerle.
  • Ícaro. En el mito griego, ignora la advertencia de su padre de no volar demasiado alto, el sol derrite la cera de sus alas y cae al mar. Es la imagen de la confianza que desoye los límites.
  • La tragedia griega. En el teatro griego, la hybris del protagonista, ese orgullo que le hace creerse por encima de las normas, suele ser el paso previo a su caída (némesis). De ahí toma el nombre el síndrome.

Ejemplos en la vida real (situaciones ilustrativas)

  • El directivo que ya no escucha. Tras años de éxito, toma las decisiones importantes sin consultar, despide a quien le lleva la contraria y se rodea de personas que le dan la razón. Los errores siempre son de otros.
  • El cargo público que se eterniza. Tras varias legislaturas, habla de la institución como si fuera suya, se irrita con cualquier pregunta incómoda y confunde su opinión con el interés general.
  • El fundador «imprescindible». Está convencido de que la empresa se hundiría sin él, no delega y desprecia los datos que contradicen su intuición, aunque los números vayan a peor.
  • El jefe de un equipo pequeño. No hace falta mandar sobre miles de personas: un responsable sin nadie que le pueda llevar la contraria puede desarrollar el mismo patrón de arrogancia y desconexión.
  • La figura pública que solo recibe elogios. Rodeada de seguidores incondicionales, pierde la capacidad de aceptar la crítica y reacciona a ella con desprecio o ataque.

Lo que tienen en común todos estos casos no es el cargo, sino la combinación de poder, tiempo y falta de contrapesos: nadie que pueda decir «te estás equivocando».

¿Por qué pasa esto?

Porque cuando alguien acumula mucho poder o autoridad, empieza a recibir menos críticas honestas y más halagos interesados. Las personas de su entorno, por miedo, conveniencia o ambición, filtran lo que dicen para evitar conflictos, lo que crea una especie de burbuja de autoafirmación. Dentro de esa burbuja, la persona comienza a creer que todo lo que hace o decide es correcto, reforzando una visión distorsionada de la realidad. Con el tiempo, quien vive dentro de esa burbuja tiende a buscar más control y a vivir cualquier crítica como una amenaza, hasta rechazarla o castigarla.

¿Qué pasa si alguien lo desarrolla?

Cuando el síndrome de Hubris se instala, las consecuencias pueden ser significativas. Las decisiones empiezan a basarse más en el ego que en la evidencia, lo que incrementa el riesgo de errores graves. La comunicación con el entorno se vuelve unidireccional: la persona impone, pero no escucha, provocando que colaboradores valiosos se alejen o guarden silencio. A medida que crece esta desconexión, la confianza de los demás se erosiona. En situaciones extremas, la combinación de exceso de autoconfianza y aislamiento puede desembocar en crisis públicas, escándalos mediáticos, pérdida de cargos de responsabilidad e incluso daños permanentes a la reputación, difíciles o imposibles de reparar.

¿Se puede evitar?

Sí, hay formas de prevenirlo:

  • Fomentar la humildad: reconocer que no se sabe todo y que siempre hay espacio para aprender.
  • Rodearse de personas sinceras: contar con gente que diga la verdad, aunque incomode, y que ayude a mantener una visión realista.
  • Limitar el tiempo en un cargo: evitar que alguien permanezca demasiado tiempo en una posición de poder para no vivir en una “burbuja” de adulación.
  • Buscar apoyo profesional: recurrir a coaching, terapia o mentoría para detectar y corregir a tiempo comportamientos problemáticos.

En resumen

El síndrome de Hubris nos enseña que tener mucho poder puede ser peligroso si no se sabe manejar. Lo importante no es cuánto poder tenemos, sino mantener los pies en la tierra, ser humildes y seguir siendo humanos. Un buen líder es aquel que, aunque tenga mucho poder, no pierde la sencillez y la honestidad.

Señales del síndrome de Hubris: cuando el poder cambia la mente
El síndrome de Hubris nos enseña que tener mucho poder puede ser peligroso si no se sabe manejar.

Si sientes que el poder, el éxito o la necesidad de control están afectando tu forma de relacionarte, podrías estar experimentando señales del síndrome de Hubris. Buscar la ayuda de un experto en psicología puede ser clave para identificar estos patrones y trabajar en una autopercepción más equilibrada. Un profesional puede ayudarte a desarrollar habilidades de autoconciencia, empatía y regulación emocional, promoviendo relaciones más saludables y un liderazgo más consciente.

En PersonalMente Psicólogos, contamos con un equipo especializado dispuesto a acompañarte en este proceso. Si estás buscando a los mejores psicólogos en Fuengirola, estamos aquí para ayudarte a reconectar contigo mismo y con los demás desde un lugar más sano y auténtico.

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Referencias

  • Owen, D., y Davidson, J. (2009). Hubris syndrome: An acquired personality disorder? A study of US Presidents and UK Prime Ministers over the last 100 years. Brain, 132(5), 1396-1406. https://doi.org/10.1093/brain/awp008
  • Heródoto. Historias, libro VII.

Preguntas frecuentes

¿Qué es el síndrome de hubris?

Es un patrón de cambio en personas que ejercen mucho poder durante mucho tiempo: se vuelven arrogantes, dejan de escuchar las críticas y pierden el contacto con la realidad. Fue propuesto en 2009 por David Owen y Jonathan Davidson como un posible trastorno de la personalidad adquirido.

¿El síndrome de hubris es un diagnóstico oficial?

No. No aparece en los manuales diagnósticos oficiales. Es una propuesta académica para describir un patrón que se observa en algunas personas con poder.

¿Cuáles son ejemplos del síndrome de hubris?

El ejemplo clásico es el rey persa Jerjes mandando azotar el mar, según cuenta Heródoto. En la vida actual se ve en directivos, cargos públicos o jefes que, tras años sin contrapesos, dejan de escuchar, no reconocen errores y se creen imprescindibles.

¿Se puede prevenir?

Ayuda rodearse de personas que puedan llevar la contraria, aceptar límites y rendición de cuentas, revisar las propias decisiones con datos y, cuando el patrón ya afecta a la vida personal o laboral, buscar apoyo profesional.

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