¿Te suena? Esa sensación rara. Alguien te jura que «todo está bien», pero tú sabes que no. O te lanzan un «cumplido» que, en realidad, te ha sentado fatal.
Eso. Eso es el comportamiento pasivo-agresivo.
Está por todas partes. Y es frustrante porque no se entiende bien. Vamos a ver qué es, por qué pasa y qué hacer.
¿Qué es exactamente?
Es pura resistencia indirecta. Es la forma de decir «no» sin decirlo. Es evitar el choque.
En lugar de soltar un «Estoy harto», la persona usa el sarcasmo. O te ignora. O «se le olvida» hacer algo que era importante para ti.
El término es militar, de la Segunda Guerra Mundial. Un psiquiatra (William C. Menninger) vio que los soldados no se plantaban de frente. Mostraban su hostilidad siendo lentos, tercos o «olvidándose» de las cosas.
En las relaciones de hoy, es lo mismo. Dices «sí» con la boca, pero actúas con un «no» lleno de resentimiento. Y eso, claro, es perjudicial.
¿Por qué somos así?
Esto no surge de la nada. Suele tener raíces claras.
- La educación en casa: Es la más típica. Si de niño no podías enfadarte o decir «no», buscas otras vías. La pasivo-agresividad se vuelve tu ruta de escape.
- Miedo al conflicto: Mucha gente tiene pánico a la confrontación directa. Les parece más seguro lanzar indirectas que tener una pelea.
- La situación manda: A veces, el contexto obliga. En trabajos muy jerárquicos, rebelarse de frente es impensable. Así que la gente protesta «por lo bajo».
- Salud mental: La depresión o la ansiedad pueden estar detrás. Cuando las emociones te sobrepasan, usas medios indirectos para lidiar con ellas.
5 Señales clave para detectarlo
El tema común es siempre el mismo: el resentimiento se nota, pero no se nombra. Fíjate en esto:
- Sarcasmo y «cumplidos» ambiguos. El clásico «Qué puntual, por fin».
- El trato silencioso. Ignorarte. Es un castigo mudo.
- Procrastinar a propósito. Dejar las cosas para luego. Es una forma de resistirse sin decir «no».
- Retener el esfuerzo o el afecto. Dejar de hacer tu parte. Volverse frío de repente. Es enfado en modo inacción.
- Desaparecer. El famoso «ghosting». Es la frustración llevada al extremo de cortar el contacto.
El efecto en las relaciones: una erosión lenta
Vamos a ser claros con esto. Si lo recibes, te agota. Te drena mentalmente.
Es confuso porque nunca sabes a qué atenerte. Vives en un terreno pantanoso. Te hace dudar de tu propio juicio. «¿Soy yo? ¿Me lo estoy imaginando? ¿He hecho algo mal?». Esa es la culpa.
El gran problema es que la hostilidad está oculta. Está camuflada.
Tú no puedes señalarla. No puedes defenderte de algo que, oficialmente, «no está pasando». Si intentas confrontar, si preguntas directamente «¿Estás enfadado conmigo?», la respuesta será un «No, para nada, por qué lo dices» que te deja helado.
Te desarman. Te hacen parecer a ti como el paranoico, el intenso o el «demasiado sensible» por haberlo notado.
¿El resultado final? La confianza se rompe. No se rompe de golpe, se erosiona. Es una muerte lenta. Los problemas reales, los de fondo, siguen ahí. Enterrados. Sin hablarse, pero pudriéndose.
Y el resentimiento, ese sí que crece. Crece en silencio, como la humedad. Y crece en ambas partes. En ti, por la frustración de no ser escuchado. Y en el otro, por su enfado no resuelto. Al final, todo se vuelve tóxico.
Ejemplos del día a día (los vas a reconocer)
- «¡Todo está bien!» Te lo dicen con una voz que corta. El cuerpo grita lo contrario. El «¡No estoy enfadado!» que suena a grito.
- Silencio. Después del «no me pasa nada», deja de hablarte. Te contesta con monosílabos. «Sí». «No». «Bien».
- Sarcasmo. Bromas que sabes que no son bromas. Comentarios que van a hacer daño, pero «disfrazados».
- Murmurar. Hablar por lo bajo, quejándose, pero que casi le oigas. Es lo que querrían decirte a la cara.
- Negar el afecto. Se aparta si le tocas. No hay abrazos. Pone un muro físico.
- El «vale, como quieras». Acepta a regañadientes. Lo hace, sí, pero con una cara larga que te amarga toda la situación.
- El «sí, sí, yo lo hago». Y luego «se olvida». O lo hace fatal, a medias. El incumplimiento es el mensaje.
¿Y si el pasivo-agresivo soy yo?
Cuesta mucho verlo en uno mismo. Es más fácil verlo fuera.
Sé honesto. ¿Evitas a la gente cuando te enfadas? ¿Castigas con el silencio? ¿Abusas del sarcasmo para evitar hablar en serio? ¿»Olvidas» cosas como forma de castigo?
Si ves que sí, y que eso daña tus relaciones, puedes cambiarlo. El primer paso es la conciencia. Para y piensa: «¿qué estoy sintiendo ahora mismo?». Sé paciente. Y practica la asertividad. Tienes que aprender a decir lo que sientes, de forma directa, pero sin atacar. Se entrena.
Cómo reaccionar mejor
Si te encuentras con una persona pasivo-agresiva, te recomiendo que le comuniques educadamente cómo te sientes cuando estás en su presencia.
Por ejemplo, puedes decir: “Sé que me dices que no estás enfadado, pero yo no lo siento así”. O bien: “Tengo la impresión de que estás enfadado. ¿Quieres hablarlo?”.
Una persona que se comporta de forma pasivo-agresiva experimenta emociones fuertes que no reconoce abiertamente, por lo que puede reaccionar de forma negativa incluso ante los intentos de resolver la situación. Si esto ocurre, mantén una actitud neutral.
Recuérdele que te importa y que estás dispuesto a hablar cuando él esté preparado. Mientras tanto, aléjate y concéntrate en lo que puedes controlar: en tú mismo. También es importante reconocer los patrones, porque la conciencia reduce la confusión.
- Mantener la calma y la objetividad: evitar reaccionar a la defensiva.
- Utilizar la comunicación directa: “Cuando dijiste x…..yo me sentí y..”.
- Modelar la franqueza: mostrar honestidad y asertividad.
- Proteger tus límites: limita el contacto si el comportamiento es tóxico.
- Recuérdale que te importa y que estás dispuesto a hablar cuando él esté preparado. Mientras tanto, aléjate y concéntrate en lo que puedes controlar: en tú mismo.
De la indirecta a la honestidad: El camino a seguir
El comportamiento pasivo-agresivo es, al final, rabia no expresada. Es miedo al conflicto. Es una forma de gestionar la frustración que, a corto plazo, puede que evite una pelea.
Pero a la larga, es un veneno.
Destruye la confianza. Deja los problemas reales sin resolver, pudriéndose bajo la superficie. Usa el sarcasmo, el silencio y el «olvido» como armas. Y en ese juego, nadie gana. Ni quien lo ejerce, que vive en un resentimiento constante. Ni quien lo recibe, que vive confundido, culpable y agotado.
Para manejarlo, solo hay un camino real: la comunicación asertiva.
Hay que aprender a poner límites sanos. Hay que practicar el decir «no», o «esto me molesta», o «necesito esto» de forma clara, directa y respetuosa.
Reconocer el patrón (en ti y en otros) es el primer paso. Mantener la calma es el segundo. Atreverse a ser honesto, aunque dé miedo, es la meta. Cuesta trabajo. Es una habilidad que se entrena. Pero es la única forma de cambiar este círculo vicioso por vínculos que sean más sanos. Más reales. Más auténticos.
Si este tema te resuena y quieres profundizar, no dudes en contactar con uno de nuestros psicólogos en Fuengirola. Podemos ayudarte a mejorar la comunicación asertiva.

Mario Olea, psicólogo especializado en terapias de tercera generación por la Universidad de Almería y sexólogo por la Universidad de Sevilla. Experto homologado en la aplicación de realidad virtual en psicología clínica para utilizada para tratamiento de fobias.





